Blog "of lights" recopilatorio de los posts de mi autoría publicados de forma "clasificada" en "Box" (bofl.blogspot.com), "Brain" (brainofl.blogspot.com), "Brush" (brushofl.blogspot.com) y "Bricks" (bricksofl.blogspot.com)
Cuenta la leyenda conocida por todos, que Robin Hood robaba a los ricos para darle a los pobres; pero,
¿habrá él sabido siempre que el dinero que robaba era producto de la avaricia?
¿se habrá equivocado alguna vez?
Como en esa oportunidad en que robó un carruaje que atravesaba el bosque a velocidad, con un hombre corpulento, o más bien gordo, en su interior, de buenos trajes y sudor en el rostro, como si escapase de una gran preocupación... y fue a este hombre que ese día, en ese momento preciso, Robin y sus secuaces asaltaron a medio camino, quitándole toda pertenencia, y dejando apenas carruaje, caballo, chofer (qué más da, qué culpa tenía el hombre de estar trabajando) y lo que llevase de ropa encima, pues tampoco era para que cogiese un resfrío.
Fue entonces que con aquellos dineros mal habidos, Robin, sus compañeros, y algunos de los que apoyaban su causa comieron un par de días un poco mejor que de costumbre...
...pero lo que ignoraba nuestro joven paladín, era que aquella bolsa de dinero que nerviosamente celaba el hombre gordo, eran los dineros que pagarían la operación de una pequeña niña moribunda, pobre, cuya única esperanza yacía en ser tratada por un médico de una ciudad lejana, y cuyo traslado sería pagado por aquél hombre gordo y generoso.
Fue así que, inocentemente, unas cuantas comidas calientes fueron pagadas con la vida de una pequeña niña.
Bueno, al fin y al cabo, bien dicen que la vida de un niño es invaluable, ¿no?
"I lost. I lost? Wait a second, I'm not supposed to lose. Let me see the script." (Perdí. ¿Perdí? Esperen un segundo, no se supone que yo pierda. Déjenme ver el guión.) Robin Hood
(viene de aquí - para leer con el siguiente tema, desde el segundo 20)
Cuando el momento llegó, Annias gritó -¡Ahora!- y Reinor dió un salto que la ayudó a impulsarse en el aire, al tiempo que dibujaba un círculo imaginario con la daga, del cual surgió un reflejo de los tres que se alejaba del rumbo original, y a su vez los ocultaba. Esto les daría un poco de tiempo para distraer al enjambre, el suficiente al menos para que en un movimiento rápido, seco y certero, Annias, aún en el aire, cortara las alas de Minnas. Pero al hacerlo, no contó el grito de dolor que esto desencadenó en Minnas, un grito como no se había escuchado antes. Annias la abrazó fuerte hacia sí como pudo, con ambos brazos y procurando ocultar el grito que retumbaba en su pecho, pero era casi imposible, y además estaban muy cerca de golpear el suelo. No sólo eso, los insectos se dirigían hacia ellas de nuevo atraídas por el sonido, y las alas que comenzaron a degradarse casi inmediatamente después de ser cortadas, las quemaban al contacto con la piel.
Annias no tuvo otra opción que usar uno de sus hechizos de infancia, “la tumba viva” le llamaban. Dirigió la vista al suelo, y sus ojos cambiaron de color unos instantes hacia un color agua y luego hacia uno nocturno. Justo en el lugar en el que astaban a punto de caer, la tierra se excarvó de pronto, brotando hacia los lados con velocidad y dejando un hoyo suficiente como para que ambas cupieran. Annias veía a centímetros de sí a uno de esos insectos, en el preciso intante que tocaron tierra, la cual las recibió blanda y amortiguadora, excavándose bajo sus cuerpos y volviéndolas a cubrir velozmente. Esto las separó de aquella bestia, mientras sentían cientos de fuertes golpeteos sobre la tierra que las cubría, y los zumbidos de aquellos insectos se escuchaban tan cerca que parecía que las rodeabana. Lo había logrado justo a tiempo, pero no tenía tiempo de pensarlo. Ella había sostenido todo el aire necesario para estar allí, pero no así Minnas, quién seguía inconsciente. Además, ambas estaban quemadas por los restos de alas, así que debían alejarse pronto. Era un bálsamo aquella tierra fresca que absorbía los restos de alas, y calmaba las heridas. Al menos contaba con eso.
Annias se concentró y comenzó a percibir la energía de las plantas cercanas, pero a diferencia de las veces anteriores, partículas doradas se esparcían a su alrededor. Nunca había visto aquello, pero no puso mayor reparo, y pronto vio un enredo de raíces algo cercanas, que brillaban a sus ojos, y parecían ser parte de un matorral o algo semejante. Se dirigió hacia estas impulsada con la ayuda de la tierra que las trasladaba, y al llegar se mezcló entre ellas lo suficiente como para, al salir, quedar oculta. Su habilidad para hacer esto, entrenada durante años al “andar” por entre apretadas y profundas raíces arbóreas, le permitieron llegar y actuar con rapidez. La tierra se abría paso por encima de ella, dejándola respirar y ver la luz del sol de nuevo. Sacó a Minnas y la dejó en el suelo, y enseguida trató de ubicar a Reinor y a los insectos.
Pronto pudo ver que aquellas bestias aladas habían caído casi todas inconscientes o muertas en el lugar en que la tierra las tragara. No parecían representar peligro ya, pero no había seguridad de que viniesen más luego. Los furiosos golpes contra la tierra deben haber sido su fin.
Ahora sólo debía encontrar a Reinor y llevar a Minnas a lugar seguro. Luego pensaría en qué hacer. (fin parte 2)
La brisa soplaba cálida entre los árboles, como anunciando el final del bosque. El paso constante y presuroso se había convertido en varios días de camino por esos parajes de Erinor que bien saben ocultar a los viajeros. La tarde era aún joven cuando comenzaron a avisorar la luz que delata la pradera. Los nervios regresaban ante esta vista, pero ninguno de los tres lo demostraba. Los pasos se hicieron más cuidadosos a medida que se acercaban al borde del bosque, y una vez allí se detuvieron para observar.
Era una planicie abierta y amplia, rodeada de zonas boscosas y altos matorrales, y en efecto era lo suficientemente amplia como para no otorgar seguridad. A lo lejos se podía observar un poblado pequeño, lo que limitó el trazo de la ruta a seguir. Debían alejarse de aquél lugar, no sólo por los delatores, sino por las miradas de desprecio que traen consigo las banderas de la agresión. La meta sería el próximo bosque, situado en la frontera contraria a aquella planicie de Asgor.
Annias observó el lugar con cierto resquemor, sensación que antes no hubiese tenido, mas tampoco las razones de su presencia allí eran las mismas. De pie, con el rostro sereno y la mirada fija en su objetivo, dejó sentir la brisa en su rostro y su cabello al vuelo. Cuando supo que era preciso, indicó a Minnas que montaran su caballo. -Recuerda, sujetarte fuerte a mi- le dijo.
Estando los tres preparados, Reinor emprendió camino con Annias y Minnas sobre sí. Los primeros pasos precavidos, los siguientes ya iban compitiendo con el viento. Casi no se sentía su paso apremiado, que iba con la energía casi única de aquel corcel. Annias se sujetaba firme al cuello de su compañero, manteniendo la vista fija al frente. Estaba segura de haber tomado el trecho más corto, teniendo en consideración el pueblo cercano. Cruzar de esta manera era la única forma de ahorrarse dos días de camino, aunque pudiese atraer peligros. Sin embargo, ella confiaba en su capacidad para alejar las miradas ajenas y su concentración estaba completamente centrada en el camino y en protegerse, a sí misma y a los tres.
Por su parte, Minnas estaba extasiada. A pesar de los temores, desde un primer momento sintió admiración y belleza por aquél lugar. Era tan poco lo que conocía del mundo, que esto llenaba sus ojos y su alma. Muchas eran las historias que le contaban de un lugar “plano e inmenso”, y ahora lo tenía ante sus ojos. Aquella vista hería sus ojos. La luz era más de la acostumbrada en su tierra natal; montes y riscos plenos de enormes árboles, apretados unos con otros. Ver claramente más allá de 100 metros era casi imposible, excepto en las prohibidas copas de los árboles, o en los riscos frente al mar intocable.
Ahora, la sensación de la brisa pasando por su rostro, fresca, constante, le hacían sentir algo totalmente nuevo, y que llenaba de gozo su corazón. Para Annias la sensación era similar, y le recordaba el dulce-amargo de la libertad, pero su meta ahora era otra, y su concentración no se vería afectada por ello. Minnas, por su lado, cerró los ojos y se dejó invadir por la emoción. Sin darse cuenta, relajó el abrazo con el que se sujetaba de Annias, y constante y leve, siguió separándose de esta hasta tener el torso erguido casi por completo. Annias no se daba cuenta, en su concentración porque las sensaciones cercanas no la desconcentraran de su destino.
Minnas, inconsciente de sus movimientos, comenzó a incorporarse, haciendo uso de los estribos secundarios, buscando recibir la brisa abriendo los brazos y dejando que aquel momento la invadiera. Dejó caer la cabeza un poco hacia atrás, y no supo más de sí.
Reinor de pronto hizo un gesto que sacó a Annias de su total concentración, lo que la hizo percatarse de que no sentía el abrazo de Minnas. Volteó presurosa y la vio, allí, con sus brazos abiertos, y envuelta en un espectáculo de inmensas alas que salían de la espalda de Minnas y se desplegaban largas y vaporosas tras ella. Eran hermosas, cristalinas y destellaban a la luz del sol como millones de luciérnagas. Recordaban las alas de las libélulas, pero como humedecidas, y desplegadas hacia atrás. No se podía ver bien donde culminaban, pero debían tener al menos dos caballos de largo. Una escarcha dorada invadía el lugar y dejaba un trazo de partículas flotantes tras ellas.
Annias no podía dar crédito a sus ojos. -Eres una de ellos- musitó. Debía pensar y actuar rápido, y su primera reacción fue halar hacia sí a Minnas, quien se dejó llevar y parecía estar inconsciente. Annias levantó su cabeza en un movimiento rápido, y pudo ver la vista perdida de Minnas.
-No deben tardar en venir- Musitó Annias, para luego decirle algunas palabras al oído a Reinor. El corcel comprendió lo que debían hacer y apresuró el paso.
Breves instantes pasaron para que Annias percibiera que los seguían. Volteó nuevamente y vio un enjambre que se les acercaba. Aquel momento sería recordado por ella como uno de los más sublimes y más aterradores, por todo lo que significaba y significaría.
Afortunadamente, los insectos estaban aún a mitad de camino, pero no tardarían en alcanzarlos. Annias aferró el cuerpo de Minnas hacia sí con su brazo derecho, y sacó su daga blanca, que sostuvo con la mano izquierda. Ajustó su posición sobre Reinor, mientras esperaba el momento exacto en que aquellos insectos, cada uno de su mismo tamaño y con las miradas voraces, estuvieran suficientemente cerca.
Cuando el momento llegó, Annias gritó -¡Ahora!- (fin parte 1 - ir a parte 2 aquí)
La verdad es que la odio. No encuentro otra palabra para describirlo, sólo esa. Y en realidad no es una mala persona, debe ser tan sólo el hecho de que es mujer. Eso. Un ser deslumbrante que no tiene ni idea de lo que quiere en la vida... en su vida. Porque de la vida de los demás, sabe exactamente lo que quiere, aunque a cada instante sea distinto. Y eso es lo que logra, manejar víceras. Mis víceras.
Como si estuviera diciendo algo nuevo. Y como si se lo estuviera diciendo a alguien.
Debería dejar de pensar en ella, pero no puedo. ¿Quién podría? Con palabras así ¿quién podría?. Intriga, intriga. Debería apagar esta cosa, olvidarme de ella de una vez por todas... pero sigo allí, esperando a ver si se conecta... a ver de nuevo el ridículo mensaje que ya no es para mi, porque seguro que sigue diciendo algo así como "mi cucurucho, te amo mucho", siempre tan cursi, y siempre tan falso... y eso... esperar que en realidad sea falso y que tenga otro pedazo de mensaje, algo así como "y nunca podré olvidarte" y estar seguro de que es para mi... y reirme, y decirle falsa... que me de la oportunidad de decirle falsa, todo lo que tengo por dentro, retorcerla del dolor...
Pero ni siquiera se conecta.
Tanto que usamos este medio antes, que aquí se quedaron algunos de los mejores momentos. Y ahora de los más absurdos. ¿Para qué me buscó? ¿Para qué me escribió? ¿Para qué me dijo como me decía siempre?
Para que haga justo lo que ella sabe muy bien hacerme hacer... comerme la cabeza. Y como sabe que sigo solo, me cree presa fácil.
Y soy fácil, porque aquí sigo, esperándola, para terminar de leer sus palabras, aunque estoy seguro que ya no la quiero, es sólo la intriga que me siembra siempre.
¿Pero y entonces, por qué coño me da esta vaina aquí, en todo el medio del estómago, de sólo imaginar que se conecte?
Bruja!
Conecta el maldito messenger...
Déjame insultarte...
Tengo tres días esperando para hacerlo. Planeando esta vez cómo te voy a responder a tus "hola.. cómo estás? espero que bien... de verdad. No sabes lo que te he extrañado por aquí".
O_o
Fuck!
Todo para que en realidad después no me hable más... no responda a mi "ah, sí?", me ignore, se desconecte. Y yo que me sentía tan libre, tan sin ataduras, tan superado ya... Y ahora me paso tres días con un ojo pegado a la ventanita de "Fulanita está on-line", y nunca es ella.
Hasta que sucede... hasta que de verdad lo hace. Y miro la puta ventana del messenger, me quedo lerdo, con los ojos fijos en su nombre on-line, y no hago nada mas que esperar a que me escriba... a que me de el chance de ignorarla. Pero no lo hace. Y se vuelve a desconectar. Y yo aquí, con mis ojos en su desconectado nombre, con la oportunidad perdida...
...hasta que de pronto se vuelve verde de nuevo... y esta vez, aunque tenga esta vaina tragada a medio cuerpo, le escribo, le hago notar que estoy aquí, que me diga algo, que me hable.
Que finalmente me diga de nuevo lo del otro día, y me de al fin la oportunidad.
Pero no lo hace. No me responde nada útil. Y yo no tengo las fuerzas de cerrar esta cosa.
¿Qué hago? ¿Le digo? ¿Le pregunto? ¿Quedo como un pendejo, pero me saco la duda? ¿O no le digo nada?
"Estás como callado. ¿Estás bien?"
¿Callado yo? ¿Pero si la que no paraba de escribir eras tú el otro día?
"Claro. Chévere. ¿Y tú?"
Gran respuesta... a ver qué logro yo con eso.
"Fino :)"
¿Qué pretende con esa cara feliz? ¿Que acaso era su otra personalidad quien me habló la última vez? Agh...
Ignórala. Eso. No le digas nada más. Eso es que está esperando a ver qué tanto aguanto, pero tengo que ser más fuerte que ella, no decirle nada más, que le duela en el orgullo y me busque de nuevo, así podré vencerla en su propio juego.
...y podría decirse que lo logré. Me aguanté, y lo logré. Fui más fuerte que ella... hasta que, finalmente, se desconectó.
Seguro que tuvo problemas con la conexión. Esa vuelve ahorita.
¿Qué hora es ya? ¿Las 3 am? Aún puedo esperar un poco más.
-No sé cuántas veces te he escuchado tocando esa pieza, pero simplemente, no me canso de oírla. Es tan hermosa...
-Eres una tonta.
-¿Por qué dices que soy una tonta? No hay nada de malo en que me guste mucho.
-Es cierto que es una bella composición, pero no es para tanto. Ya no recuerdo cuántas veces me la has pedido.
-Es que es la única que te sabes.
-No es la única.
-La única que te sabes bien.
-Sabes que no es así.
Arturo tocó otra pieza, para sacarse el clavo... y sin proponérselo, para deleite de ella. Silvana disfrutaba picarlo enormemente, porque siempre lograba que tocara más.
-¿Lo ves que no es la única que me sé bien?
-Es cierto. Y la verdad, ahora que me percato, tampoco es que "Infancia" te salga muy bien...
-¿Qué no???? Estás sorda.
-"El que se pica..." Y tú sabes que no estoy nada sorda.
-No voy a tocarla de nuevo para ti. Si así me lo agradeces. Y con lo que ya me fastidia esa canción.
Silvana sintió que se le apretaba el corazón. "Infancia" había sido la primera canción que él toco ante ella. Por un simple accidente, un día de domingo en que la música la llevó hasta la sala en la que él practicaba.
Perdió la mirada por un momento en el vacío. Luego le dijo.
-Vamos, tú la tocas más por escuchar como te la alabo que por la práctica. Te hacen falta mis halagos, y lo sabes.
-No estoy de ánimos para esto.
Silvana ya sabía que el concierto de hoy había acabado, y ahora le tocaba ahogar sus emociones durante dos días más. Al menos tenía una grabación que le había hecho en secreto y que escuchaba constantemente en el reproductor mp3 que le habían regalado sus padres en navidad. Aunque, ella ha de admitirlo, aún no está segura de si fue Santa o sus padres quienes le regalaron el susodicho aparato.
Cuenta con 11 años de edad nada más, y está segura de que Arturo, con casi 17, es el más grande amor de su vida.
-Él ahora me ve pequeña y me cree tonta, pero sé que en el fondo sabe que algún día yo seré la mujer de su vida. Pero un adolescente tonto jamás lo admitiría. -se decía cada vez que salía de casa de Arturo.
Todos los martes y jueves, y uno que otro domingo, llegaba a casa de Arturo, con la excusa de hacer la tarea con Maripili, la hermana menor de él; pero siempre, invariablemente, terminaba en el salón donde practicaba cada martes y jueves, y uno que otro domingo.
Todos en casa de Arturo sabían perfectamente que esa era realmente la razón de las puntuales visitas de Silvana, pero nadie se molestaba en ello. Parecía agradar a todos y Maripili había mejorado en los estudios, así que su presencia en la casa era siempre bienvenida, así como siempre estaba rodeada de risueños comentarios. Pero el único que parecía no percatarse de lo que ocurría era el propio Arturo.
O más bien, no quería hacerlo. Bastante tenía con que en su casa no le tomaran muy en serio las decisiones de "hombre" que ya hacía, como para además tener que calarse las bromas que todos le hacían con Silvana, incluso las de sus propios amigos.
Era cierto, aunque no lo admitía a nadie, que le gustaba lo de los halagos y todo aquello, pero a veces el juego se la hacía un poco inaguantable.
-Silvana...
-¿Qué?
-¿No tienes nada mejor que hacer que estar allí, mirándome tocar, como una muñeca tonta?
-¡No me llames tonta!
-No es eso a lo que me refiero. Me fastidias, niña. ¿Por qué no vas a jugar a "la casita" con Maripili y me dejas practicar en paz?
-Mentiroso. A ti te gusta que yo esté aquí.
-No me gusta. Perdona que te lo diga, ¡pero ya me tienes harto!
-¡No es cierto! Yo no te harto. Yo sé que no. Yo qué que tú me quieres.
-¿Qué dices? Te tengo aprecio por ser la amiga de mi hermana, nada más.
-¡No es verdad! ¡Sólo me dices eso porque eres un tonto adolescente! ¡Yo sé que tú me quieres, que te hago falta!
Silvana sabía que había dicho demasiado.
-¡Ya basta! ¡Lárgate de aquí!
Arturo abrió la puerta.
-¿Qué esperas? ¡Vete de una vez!
A Silvana le costaba creer la actitud de Arturo.
-¡Ya verás! ¡Algún día tendrás que admitirlo! ¡Yo soy la mujer de tu vida!
Arturo abrió los ojos, estupefacto, ante tal comentario. Luego soltó una carcajada, tan larga y estruendosa, que incluso algunos en la casa se acercaron a ver qué pasaba.
-¿Qué novela estás viendo ahora??? -apenas podía parar de reír- de verdad que es cierto eso de que la televisión deforma las mentes de los niños.
No se había dado cuenta, pero Silvana estaba envuelta en llanto. Salió corriendo de aquella sala, llena de lágrimas, y tropezando Arturo con la fuerza que su edad permitía al pasar por la puerta que él, a causa de las risas, obstruía un poco. Tardó un poco en reaccionar, dándose cuenta de qué había sido ese golpe al ver como Silvana salía corriendo de la casa y se perdía entre los reflejos luminosos provenientes de la calle.
Aún se reía ligeramente, cuando al voltear el rostro, se encontró con la mirada severa de su padre. No tuvo que decirle palabra alguna, y Arturo tampoco pudo aguantar mucho la mirada. Apartó su ahogada vista de adolescente, bajando un poco la cabeza, en medio de su ahora atragantada molestia... también avergonzada. Esa sensación de impotencia juvenil, de niño regañado, de enfado de adulto.
Pronto se encontró solo, a la puerta de una sala ahora vacía y callada. Detalló un poco ese vacío, luego apartó la vista dejando salir un suspiro molesto, y no tuvo más ánimos de practicar.
"El capitán acababa de ordenar a sus soldados una corta retirada ante el ataque de aquellos orcos de tamaño descomunal. No veía confrontación posible que les diera ventaja alguna ante aquellas bestias, y no era momento de perder. En ese instante, un sonido seco se hizo escuchar por todos los presentes, y cientos de gotas de sangre comenzaron a caer alrededor del caballo del capitán, cuando éste..."
-¿Qué lees?
-¿Perdón?
-¿Que qué estás leyendo?
-Nada de tu incumbencia.
-¿Nada de mi incumbencia porque piensas que no me pudiera interesar lo que lees? ¿O porque piensas que soy un tipo cualquiera que sólo quiere sacarte conversación por ver si te levanto?
-Por metiche.
-Por metiche. No, eso no creo que sea la manera de denominarlo. A ver, déjame revisar... "Entremetido. Dicho de una persona: Que tiene costumbre de meterse donde no la llaman.". No, definitivamente esa no es la razón, sino simple curiosidad.
-¿Me quieres explicar, si tienes tu propio libro para leer, cuál es tu interés en el mío???
-¿Leer? No, sólo tiene historias extremadamente cortas y sin conexión alguna. En cambio, el tuyo sí que estoy seguro que tiene unas buenas historias que contar.
-Está en inglés, idiota.
-Ah, bueno, quizá haga falta un diccionario de inglés, pero eso no sería problema.
-Oye, ¿Que no tienes nadie más en este autobus a quién preguntarle por lo que está leyendo???
-Es que ese es el libro que me interesa. Lo reconocí por la carátula.
-Entonces, si sabes qué leo, ¿para qué demonios me preguntas???
-Porque era la única manera de sacarte conversación sobre el libro.
-¿Sacarme conversación sobre el libro?
-Sí. Es que, casualmente, traigo en mi maleta el tercer tomo de esa trilogía, el cual, según sé, ya no se consigue, y justamente en inglés. Voy a donarlo a la biblioteca de mi escuela, pero cuando te vi leyendo el segundo tomo, pues pensé regalártelo mejor a ti. Lástima. Llegó mi parada. Aquí me bajo. ¡Chau!
Y en el autobús se quedó la chica, atónita y sin poder decir palabra ni articular movimiento alguno. Aún podía verlo en la acera, igual de sonreido que al principio, volteándose un momento para despedirse con el típico gesto de la mano al aire
...y con ese gesto también se iba el tercer tomo de su historia favorita, el cual había buscado durante demasiados meses, sin poder hallarlo a la venta en ninguna parte. De nuevo, se quedaba sin poder saber si el capitán quedaba vivo... o no.
-Vamos. Tienes que seguir la vida y no puedes dejar de disfrutarla sólo porque yo esté ahí.
-No, no es eso, en serio.
Claro que era eso. No sé cómo hace para conocerme así. Quería insultarla, decirle bicha, perra... cualquiera vaina de esas, pero lo juro, no podía, no había insulto que pudiera salirme de las entrañas y que se pudiera aplicar a ella. En cambio, hacia mi mismo, sí me salían unos cuantos.
-Ya deja la cosa y vente.
Sin yo poder poner demasiada resistencia, ella ya estaba llevándome, halándome la mano, y mis pies la seguían sin mucha resistencia. Ah, esa mano tibia que en tanto tiempo no había sentido. ¿Por qué? ¿Por qué me lo hace justo ahora?
-En serio, tengo exámenes esta semana, y de verdad tengo que estudiar.
No sé cómo lo logré, pero me detuve. Y la solté. Y me insulté por hacerlo, pero también me grité un ¡Hurra!
-Ah, tú siempre igual con tus exámenes. Tanta preocupación y luego revientas la materia. No, señor. Con más razón aún tienes que venir. Tú sabes que tengo razón. Te tienes que desconectar de esos libros y vivir un poco más.
Y allí me quedé, medio mudo. Porque sí, ella siempre tenía razón cuando hablaba de mi. Ella supo cuándo iniciar y cuándo terminar. Siempre ha sabido qué me conviene y qué no, qué debo cambiar, cuáles decisiones tomar. Creo que incluso me va a escoger mi próxima novia. Y yo lo único que quiero es que vuelva a ser ella.
-Está bien. -le dije- Creo que puedo estudiar más tarde.
-¡Bravo!
Saltó de emoción y me dio un beso... en el cachete, pero demasiado cerca de la boca. Casi pude sentir sus labios. Me lanzó una de sus miradas coquetas, luego se sonrió sólo como ella sabe hacer para que yo no piense en nada más y salió corriendo.
-¡Te espero en la parada!- Logré escuchar que me dijo.
Maldición. Me lo hizo otra vez. Me dejó en el medio de todas mis emociones, tirado de nuevo. Es que ¿cómo se puede ser tan dulce y cercana y luego desaparecer en un dos por tres? Lo juro que no la entiendo. Debe ser eso lo que me trae tan idiota con ella.
Todos los días me digo que seré fuerte, que no sucumbiré. Pero basta conque nos veamos en alguna clase que coincidamos para que me pierda, se me nuble la mente y vuelva a estar en el mismo lugar de pendejo en el que estoy ahora.
Por seguirle la corriente como el propio idiota es que estoy donde me dejó. Estoy seguro. Por idiota y cobarde. Pero es que, ¿y cómo decirle que no? Si incluso una parte de mi quedó lo suficientemente emocionada como para avergonzar mi caminar.
Y aquí estoy de nuevo. Siguiendo un rumbo ciego hacia el masoquismo total. Una salida de grupo. Y seguro que va el imbécil ese al que le anda haciendo ojitos. El coño de su madre. Ese pendejo que dice ser su amigo y seguro que lo único que quiere es cogérsela y la manda luego al mismo carajo. Pero más pendeja ella si se deja. Eso sí. Ay... pero es que la toca, y ¡le parto el alma! Porque yo sé que puedo partirle el alma. Él me cree muy estúpido y que no me doy cuenta de nada, pero ya verá... no se lo va a esperar.
-Qué bueno que te encuentro.
-¿Ah?- estaba a medio camino hacia la aparada de autobuses cuando me alcanzó y me apartó de él.
-Sí, vente conmigo, que nos vamos en carro.
-¿En carro? ¿Con quién?
-Con uno de los muchachos. Tú ven conmigo.
A mi me estaba oliendo raro que no me dijera con quien. Y tenía razón en sospechar. Demasiadas risitas le oía mientras caminábamos. Y esos ojos abiertos que tenía, brillosos, y tan hermosos... y por ese güevón. Porque yo lo sabía. Él, el hijito de papás ese, era quien nos llevaría.
-Qué más panita. ¿Carlos, es que te llamas? -me saludó, el muy bestia.
-Sí, ¿Qué más, Ignacio? - le alcancé la mano para dar el saludo de costumbre. Maldita humillación. No sólo irnos con él, sino que, cuando le estoy dando el apretón de manos, por más que hice esfuerzos, el tipo pudo más que yo. Aún me duele en el orgullo de recordarlo.
-Bueno, vamos entrando que se nos hace tarde. Creo que no vas a tener muchos problemas con el asiento trasero, porque no eres muy alto que digamos.- dijo el muy pendejo.
Y la vi reírse del chiste, aguantándose, pero se reía. ¿Por qué estoy en esto? ¿Por qué no puedo decirle cuatro vainas al maricón este y largarme? Y llevármela conmigo y no dejarla sola con este tipo que sólo quiere...
Ah, al fin y al cabo, está lo bastante grandecita como para cuidarse sola, cosa que yo no hago conmigo mismo. Pero también sé lo frágil que es detrás de esa mirada. Debe ser por eso que no me voy. Por pretender cuidarla. Todo un machito que ahora está medio torcido en el asiento de atrás del carro del maricón de Ignacio. Malditos autos deportivos de mierda.
-Yo te hago de copiloto. -Le dijo ella, y luego me lanzó una mirada hasta el hueco de mi confinamiento con su carita de borrego. Yo sé que ella sabía que yo la estaba pasando mal, que me había dado cuenta de lo que le pasaba con Ignacio, pero que no quería que se le notara... tanto... pero tampoco iba a perder la oportunidad. Al menos me puso de mal trío en lugar de mandarme con alguno de los panas de Ignacio, todos tan maricones cómo él. Yo creo que entre ellos se "consuelan", incluso.
A medio camino, me preguntó el malparido -Y entonces, Carlos, Uds. dos son novios, ¿no?
-¡No, vale! -respondió ella de inmediato.- Él y yo somos los mejores amigos.
Yo no tenía voz ni voto en ese carro. Me sentía lo suficientemente mal, además. Sé que tenía el chance de decir muchas cosas que les hubiese aguado la fiestica a ambos, y también sé que lo boté por la ventanilla. Supongo que era a causa de que ella siempre estaba a un paso más allá de mí. O que estaba lo suficientemente hundido en el asiento de mi propia humillación.
Volteé el rostro hacia la carretera, apoyé la cabeza como pude en el asiento, y cerré los ojos. No quería escuchar más nada hasta bajarme.
Al fin llegamos al centro comercial en el que nos reuniríamos. Como odio yo los centros comerciales. Gente estúpida mirando cosas estúpidas que no pueden comprar, queriendo aparentar que sí pueden, y caminando a paso de tortuga, estorbando a todo lo ancho de las caminerías. Me obstinan. Y hoy aún más ese centro comercial. Era el único del que tenía un bonito recuerdo por los helados que ella y yo solíamos comer allí.
El plan perfecto para terminar de volverme una piltrafa, un pobre coleto para arrastrar por el piso, con todo y mugre. Tan arrastrado como en ese momento, que los seguía a los dos caminando detrás, con toda mi ira en él, y mi desesperanza en ella. Veía ese cuerpo de carajita bien formado. Esos senos medio temblorosos al caminar, ese trasero erguido, gracias a los tacones que le alargaban las piernas hasta la gloria. Esa forma de moverse y de batir el pelo, ligeramente ondulado, que sabía lucir tan bien. Y ese rostro que cada vez que posaba su mirada en mi, me deleitaba y me hacía sentir más insignificante aún.
La veía como no paraba de hablarle al maricón, de cualquier cosa. Y él apenas le respondía. Pero sí que la miraba, las tetas, el culo, las piernas. No se le iría la cara de gafo como a mí, pero sí sé que bastante la veía.
Al fin nos encontramos todos.
-¡Epa, Carlos! -De entre los presentes, surgió un viejo y muy buen amigo.
-Tomás, maricón, -no un maricón como los demás, sino un pana de verdad que se merece el mote al saludarlo- ¿qué haces aquí?
-¡Eso pregunto yo! Aunque, bueno, supongo que la culpa es de cierta "individua" que veo por ahí. ¡Qué bolas tienes!
-Marico, no me hables de eso... De verdad, no sé que coño hago aquí. Pero menos mal que tú estás. Ya estaba por cometer asesinato o suicidio.
-Creo que la segunda, jajaja.
-Pendejo.
Tomás, uno de mis mejores panas, antes, durante y después de ella. Así que no tuve que contarle mucho para que entendiera. Y no pasó mucho para enterarme que ella misma le pidió que viniera porque lo iba a necesitar de apoyo. Él no entendió nada de esa invitación en el momento, pero luego ya sabíamos cuál era su intención.
-No la entiendo.¿Para qué coño me trae si sabe que no la voy a pasar bien? Te lo juro que pensé que sería una salida como de menos gente, que podría pasar un rato con ella. Hasta eso me imaginé por un momento. Pero, no. Hay como 20 imbéciles aquí y, encima, te trae a ti también de niñero mío.
Tomás se reía, la estaba pasando en grande el hijoputa ese. Pero yo sé que en el fondo, la hubiese matado a golpes por hacerme esto... si tan sólo ella fuese hombre.
-Chamo, estás bien jodido en la vida.
-Y lo seguiré estando.
Terminamos en un restaurante de esos "juveniles". Tomás y yo nos sentamos medio apartados del resto. Nos aburrían sus cuentos y su comportamiento insulso. ¿Qué coño les veía ella a esa cuerda de manganzones, de verdad? ¿En qué momento se volvió una más de ellos?
Pero algo no estaba bien. Para el tiempo que teníamos ahí, ella no se había aparecido por mis alrededores desde que llegáramos al centro comercial. Eso no estaba bien. Ella nunca dejaba de echarme un ojo, así fuera para lanzarme su malnacida mirada de borrego que me tenía comiendo de su mano.
-Chamo, voy a buscarla... algo raro está pasando -le dije a Tomás.
-Deja la vaina. Lo que deberíamos hacer es irnos. Olvídate de ella.
-No, marico. Es en serio. Ya vengo.
-Ah, verga. Luego no digas que no te lo advertí.
Ya estaba un poco lejos como para escuchar a Tomás. Sólo ponía mi atención en encontrarla, porque ni siquiera la veía, y tampoco al sucio ese del Ignacio. Decidí salir del local, y de pronto la ví de refilón, de camino a los baños. Fui tras ella, y cuando comenzaba a caminar por el pasillo que va a los baños, fue que los vi. La situación no era como muy normal. Creo que ella se le atravesó en el camino, porque él se veía como incómodo. Me acerqué un poco más hasta un punto en que no me vieran, y pude escuchar la conversación.
-Mira, bella, de verdad, vamos a dejar la cosa hasta aquí. Tú me caes chévere y toda la cosa, pero de verdad que esta situación me tiene fastidiado. Si te traje hasta acá, fue sólo porque mi hermana, que es tu mejor amiga, me lo pidió, por más nada. No eres de mi tipo, eso es todo.
-Pero, Ignacio, ¿tú qué sabes...?
-No, chamita, de verdad. Yo además tengo mi jeva, y algo contigo ni se me pasa por la cabeza.
-Pe-Pero...
-Mira, ve y habla con este chamo, Carlos, que se nota que te quiere full y dejemos la cosa hasta aquí, ¿Sí?
Ignacio siguió camino, quitándola del medio con relativa delicadeza, y sin dejarla decirle nada más.
Él no me vió al pasar, pero yo sí la vi como se le iban las lágrimas que intentaba contener. Comenzó a caminar hacia afuera del pasillo, cuando justo me vió. Se quedó impávida. Yo apenas la vi un poco y luego me alejé. No sé por qué, pero no quería estar cerca de ella.
Me fui hacia una de esas placitas del centro comercial para darle tiempo a que volviera al local o se fuera sin encontrarla de camino. Pero no fue suficiente tiempo. La encontré llorando a mitad de camino de regreso. No sé si es que me esperaba, pero no me había acercado mucho a ella cuando levantó el rostro, arrugado de la tristeza que intentaba esconder. Al verme, se acercó de pronto hacia mi.
-Qué estúpida he sido contigo...
-No digas eso.
-...Pero sé que lo puedo arreglar.
Se me abalanzó de pronto. Con sus ojos llorosos que podía sentir de húmedos que estaban. Y me intentó besar.
-No...- le dije, conteniéndola como pude.
Y bien difícil que fue negarme al principio, pero aunque no sé muy bien qué pasó, algo como que cambió en mi. Sentirme tan plato de segunda mesa como que al fin dio en todo el medio de mi orgullo masculino... y tampoco era de mucha honra aceptarle eso estando ella en ese estado.
-¿no?- me preguntó con su voz quebrada.
-No. Yo te sigo queriendo mucho, tú lo sabes, pero como tú misma me dijiste cuando terminaste conmigo, esto se acabó y no hay vuelta atrás.
No recuerdo nunca haber visto ese rostro así de desfigurado por el dolor. Me sentí como el peor por hacerle eso, pero no tenía opción.
La senté en un banquito que había cerca, le di un beso en la cabeza, y allí la dejé por última vez, llorando.