2008/03/30

Algún día... (1 de 2)

(Publicado originalmente en "Box")

(Se recomienda leer en compañía de la canción Infancia, de Gerry Weil, o en todo caso, E Voce, de Tribalistas)

-No sé cuántas veces te he escuchado tocando esa pieza, pero simplemente, no me canso de oírla. Es tan hermosa...

-Eres una tonta.

-¿Por qué dices que soy una tonta? No hay nada de malo en que me guste mucho.

-Es cierto que es una bella composición, pero no es para tanto. Ya no recuerdo cuántas veces me la has pedido.

-Es que es la única que te sabes.

-No es la única.

-La única que te sabes bien.

-Sabes que no es así.

Arturo tocó otra pieza, para sacarse el clavo... y sin proponérselo, para deleite de ella. Silvana disfrutaba picarlo enormemente, porque siempre lograba que tocara más.

-¿Lo ves que no es la única que me sé bien?

-Es cierto. Y la verdad, ahora que me percato, tampoco es que "Infancia" te salga muy bien...

-¿Qué no???? Estás sorda.

-"El que se pica..." Y tú sabes que no estoy nada sorda.

-No voy a tocarla de nuevo para ti. Si así me lo agradeces. Y con lo que ya me fastidia esa canción.

Silvana sintió que se le apretaba el corazón. "Infancia" había sido la primera canción que él toco ante ella. Por un simple accidente, un día de domingo en que la música la llevó hasta la sala en la que él practicaba.

Perdió la mirada por un momento en el vacío. Luego le dijo.

-Vamos, tú la tocas más por escuchar como te la alabo que por la práctica. Te hacen falta mis halagos, y lo sabes.

-No estoy de ánimos para esto.

Silvana ya sabía que el concierto de hoy había acabado, y ahora le tocaba ahogar sus emociones durante dos días más. Al menos tenía una grabación que le había hecho en secreto y que escuchaba constantemente en el reproductor mp3 que le habían regalado sus padres en navidad. Aunque, ella ha de admitirlo, aún no está segura de si fue Santa o sus padres quienes le regalaron el susodicho aparato.

Cuenta con 11 años de edad nada más, y está segura de que Arturo, con casi 17, es el más grande amor de su vida.

-Él ahora me ve pequeña y me cree tonta, pero sé que en el fondo sabe que algún día yo seré la mujer de su vida. Pero un adolescente tonto jamás lo admitiría. -se decía cada vez que salía de casa de Arturo.

Todos los martes y jueves, y uno que otro domingo, llegaba a casa de Arturo, con la excusa de hacer la tarea con Maripili, la hermana menor de él; pero siempre, invariablemente, terminaba en el salón donde practicaba cada martes y jueves, y uno que otro domingo.

Todos en casa de Arturo sabían perfectamente que esa era realmente la razón de las puntuales visitas de Silvana, pero nadie se molestaba en ello. Parecía agradar a todos y Maripili había mejorado en los estudios, así que su presencia en la casa era siempre bienvenida, así como siempre estaba rodeada de risueños comentarios. Pero el único que parecía no percatarse de lo que ocurría era el propio Arturo.

O más bien, no quería hacerlo. Bastante tenía con que en su casa no le tomaran muy en serio las decisiones de "hombre" que ya hacía, como para además tener que calarse las bromas que todos le hacían con Silvana, incluso las de sus propios amigos.

Era cierto, aunque no lo admitía a nadie, que le gustaba lo de los halagos y todo aquello, pero a veces el juego se la hacía un poco inaguantable.

-Silvana...

-¿Qué?

-¿No tienes nada mejor que hacer que estar allí, mirándome tocar, como una muñeca tonta?

-¡No me llames tonta!

-No es eso a lo que me refiero. Me fastidias, niña. ¿Por qué no vas a jugar a "la casita" con Maripili y me dejas practicar en paz?

-Mentiroso. A ti te gusta que yo esté aquí.

-No me gusta. Perdona que te lo diga, ¡pero ya me tienes harto!

-¡No es cierto! Yo no te harto. Yo sé que no. Yo qué que tú me quieres.

-¿Qué dices? Te tengo aprecio por ser la amiga de mi hermana, nada más.

-¡No es verdad! ¡Sólo me dices eso porque eres un tonto adolescente! ¡Yo sé que tú me quieres, que te hago falta!

Silvana sabía que había dicho demasiado.

-¡Ya basta! ¡Lárgate de aquí!

Arturo abrió la puerta.

-¿Qué esperas? ¡Vete de una vez!

A Silvana le costaba creer la actitud de Arturo.

-¡Ya verás! ¡Algún día tendrás que admitirlo! ¡Yo soy la mujer de tu vida!

Arturo abrió los ojos, estupefacto, ante tal comentario. Luego soltó una carcajada, tan larga y estruendosa, que incluso algunos en la casa se acercaron a ver qué pasaba.

-¿Qué novela estás viendo ahora??? -apenas podía parar de reír- de verdad que es cierto eso de que la televisión deforma las mentes de los niños.

No se había dado cuenta, pero Silvana estaba envuelta en llanto. Salió corriendo de aquella sala, llena de lágrimas, y tropezando Arturo con la fuerza que su edad permitía al pasar por la puerta que él, a causa de las risas, obstruía un poco. Tardó un poco en reaccionar, dándose cuenta de qué había sido ese golpe al ver como Silvana salía corriendo de la casa y se perdía entre los reflejos luminosos provenientes de la calle.

Aún se reía ligeramente, cuando al voltear el rostro, se encontró con la mirada severa de su padre. No tuvo que decirle palabra alguna, y Arturo tampoco pudo aguantar mucho la mirada. Apartó su ahogada vista de adolescente, bajando un poco la cabeza, en medio de su ahora atragantada molestia... también avergonzada. Esa sensación de impotencia juvenil, de niño regañado, de enfado de adulto.

Pronto se encontró solo, a la puerta de una sala ahora vacía y callada. Detalló un poco ese vacío, luego apartó la vista dejando salir un suspiro molesto, y no tuvo más ánimos de practicar.

(fin de la 1ª parte)
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